14 dic. 2010

El Libro de Vamurta 3

Decidió cubrir el último tramo también a la carrera. Ya no podía esperar mucho más. La patrulla murriana hacía un momento que había desaparecido hacia el oeste. Sin más razones que lo retuvieran, se lanzó al vacío del campo abierto levantando un revelador golpeteo con sus sandalias, que repicaban contra la tierra arcillosa. Veía la pared de la muralla acercarse más y más, alta, inaccesible. Corría y algo lo desconcertaba. Dejó de correr. Ahora comprendía; por encima del silencio de aquel sector se levantaban los gritos de los soldados que, desde las almenas, lo coreaban. «¡Callad, callad!» No tuvo suficiente aliento para gritar, le faltaba aire. Por fin palpó las piedras, frescas, agradables. Apoyó la espalda en la muralla, ahogado.
 —¡Subidme! ¡Tiradme una cuerda! ¡Rápido! —gritó, sorprendido por la firmeza con la que había lanzado su demanda.
—La estamos buscando —respondieron desde arriba.
Mientras esperaba, observaba a su alrededor, intentando encontrar en la noche alguna señal del enemigo.
—Aguardad un poco, un poquito más.

La luna sacó la cabeza detrás de unas nubes agrietadas. No se oía nada, excepto la lejana letanía del bombardeo. Tuvo la sensación de que el mundo había dejado de girar. Un instante de sosiego. Se escuchó el sibilino deslizamiento de una cuerda rozando la pared de la muralla. La agarró con fuerza, dispuesto a escalar los muros de su propio hogar.
Empezó la escalada con prudencia, buscando las grietas y los salientes en los bordes de los grandes sillares. Cuando apenas había ascendido hasta la altura de dos hombres, se detuvo para mirar a su alrededor. El corazón le dio un salto. Recortados a la luz de la luna, vio acercarse un grupo de murrianos, al menos una brigada, avanzando al trote. Él era un blanco fácil para los dardos del enemigo. «Morir o vivir», se dijo. No tenía sentido permanecer a la espera, quieto como un pequeño gorrión. Los pasos de sus enemigos perdían intensidad. Entendió que habían acudido para saber qué había levantando tanto alboroto. No demostraban tener una excesiva prisa. Siguió ascendiendo. El peso de su cuerpo por fin fue captado por los hombres de arriba. Comenzaron a izarlo como a un fardo. A cada tirón, sentía que se alejaba del peligro. Los murrianos permanecieron a la expectativa, quietos, vigilando aquel alejado tramo de muralla. Estaban ahí armados de lanzas cortas, las empuñaduras de las espadas sobresaliendo por encima de sus clavículas, los pequeños escudos adosados a sus vientres, inmóviles como espectros. Fue un golpe de mala suerte. Mientras lo subían, se desequilibró levemente y golpeó con la rodilla contra el muro. Una piedra del diámetro de un puño se desprendió y cayó contra las grandes losas de los muros, llamando la atención. Los soldados grises dejaron de tirar. Quedó en suspensión, a su suerte. Los murrianos, como animados por una señal secreta, cobraron vida de nuevo y se dirigieron hacia él. Era inútil esconderse.
—¡Tirad! ¡Tirad, malditos! —gritó con voz rota.
La cuerda se tensó de nuevo, alzándolo, sacudiéndolo. Escuchó unos silbidos, una excitación en la noche, un rápido galopar en la oscuridad. Luego, a su alrededor, unos golpes secos, un temblor. Sudaba, su corazón se había desbocado. En la oscuridad solo podía percibir las lanzas cuando la luna las hacía brillar un instante. Otro rebote, el cuarto le rozó el cuello. Desde las almenas empezaron a responder, se oía el zumbido de flechas cruzando la noche, haciéndola vibrar. Notó el desgarro. Un dolor agudo lo llenaba, retorciendo todos sus músculos. El punto de quemazón nacía en el muslo. La sangre brotaba de su pierna, deslizándose hasta sus pies. Vio el dardo, laxo, colgando de su carne. Miró abajo, los murrianos se retiraban arrastrando a dos de los suyos heridos. Lo siguieron izando, se mareaba, percibía cómo iba perdiendo la tensión en sus brazos, el cielo nocturno bailaba y volvía a girar...
Lo trasladaban por detrás de las almenas. Consiguió abrir los ojos. Había conseguido sostenerse, agarrado a esa cuerda. Dos mujeres de la guardia lo movían, arrastrándolo entre una multitud de soldados que se habían agrupado para ver al que sería el último hombre en romper el asedio.
—¿Es el Heredero? —preguntó una de las soldados a su compañera.
—No estoy segura... —respondió la otra resoplando—. Parece... Cuando lleguemos abajo. Hay antorchas.
Antes que lo bajaran por las escaleras de caracol que descendían hasta la calle, recuperó brevemente la consciencia. Miró hacia el interior de Vamurta, que se extendía alargada siguiendo la línea de la costa hasta el delta del río Llarieta, que alcanzaba el mar tranquilo y caudaloso. Vista desde la altura de la muralla, la ciudad parecía un inmenso rompecabezas, un laberinto infinito donde las líneas de manchas de las azoteas se rompían y se volvían a cruzar. Había pocas teas encendidas, pocas lumbres marcaban las irregulares líneas de las calles. Los grandes palacios permanecían en las sombras. El único edificio iluminado era la Ciudadela Condal, erigida sobre un suave promontorio, y el referente de aquella enorme trama urbana. Los altos muros casi inexpugnables del corazón del condado.
Recordó que, antes de desmayarse, lo tumbaron sobre una carreta tirada por hombres. Aquella paja olía a suciedad húmeda y a sangre. Aún aguantó el dolor durante un tramo sin perder el conocimiento. Su cabeza se poblaba de visiones. Conseguía retener imágenes fragmentadas mientras las ruedas de la carreta rodaban a trompicones. Algo le desconcertaba. ¡Ah! En la Cúpula Roja del templo de Onar no ardían las llamas sagradas y en el alto minarete de Sira no había luz. Y aquel silencio latente que traía el viento, otra vez. Los combates se habían calmado, como si los dos bandos, agotados, quisieran tomar un respiro. Ya no resonaban los ingenios de fuego del enemigo. Ya no se oía nada.
Sufría cada uno de los baches, cada salto de la carreta sobre las calles empedradas. Lo llevaban por la Avenida de la Victoria, una vía ancha flanqueada por los altos edificios de los prohombres de la ciudad. Veía los pequeños palacios de la nobleza y de los ricos mercaderes; pasaron por delante del Teatro de Vajarta, sostenido por las sesenta columnas de mármol verde... Aquella gran avenida rompía la red de las callejuelas de los distintos barrios, y trazaba un largo arco de oeste a este hasta llegar al mar, delante de las puertas del Palacio Condal. De repente lo comprendió: no se veía gente por la calle, cuando aún la noche era joven. No, nadie, todos debían de estar encerrados en sus casas o esperando poder embarcar en el puerto, implorando a los dioses. Esperando alguna noticia, alguna señal, convencidos que un milagro abriría las garras con las que los murrianos atenazaban su mundo.


Encaramado sobre las almenas, el veguer de la Marca Sur observaba, impávido, cómo los miles de murrianos estrechaban el cerco sobre la ciudad. Dejaba que el viento de la mañana resbalara entre sus cabellos, sin pensar en nada. Habiendo perdido sus posesiones, dados por muertos sus dos hijos, nada lo haría mover de la gran grieta que el enemigo había abierto en las murallas de Vamurta. Miraba, absorto, el montón de piedras humeantes por donde pasaría el enemigo. Con las primeras luces de la mañana, los murrianos habían hecho avanzar una densa fila de culebrinas por delante de las grandes bombardas. Más finas y ligeras, aquellas armas escupían, sobre los restos de la Torre de Oriente, constantes descargas que perforaban escudos y corazas, causando gravísimos estragos en la tropa.
Tras comprobar el mortífero efecto de aquellas andanadas, el veguer había ordenado retirar las concentraciones de infantería que, delante de la grieta, defendían la ciudad de un asalto directo. Así, habiendo perdido la carta de una salida por sorpresa, quedaban atrapados en el interior del perímetro amurallado. A la espera. El veguer miró hacia el sur.
Mucho más allá de donde su vista se perdía en el horizonte, empezaban las que habían sido las posesiones más ricas del Condado, tierras fértiles y abundante agua canalizada por los trabajos de muchas generaciones. Daba igual. Solo quedaba un pequeño rincón para un milagro o una huída hacia el mar. Tocó el pomo de su espada. Él no huiría, no se veía con fuerzas para emprender una nueva vida. Todo lo que amaba se había perdido. ¿Para qué marcharse? Las bombardas, al mismo tiempo, seguían lanzando fuego sobre el sector de Oriente, ensanchando el gran agujero en el muro, tensando más y más los nervios de los sol-dados con sus impactos ensordecedores.
Estando el heredero malherido en palacio y los grandes vegueros muertos, solo quedaban él y el capitán de la plaza para dirigir la defensa de la ciudad. Su gran duda era si dar la orden de evacuación o posponer esa decisión. Algo le hacía vacilar. Dar una orden precipitada significaría ser considerado un hombre temeroso, un cobarde. ¿Y si el sitio se levantaba? Sabía que los grandes burgueses y parte de la nobleza ya habían levado anclas hacia las Colonias, donde en los últimos tiempos muchos habían adquirido posesiones. Los grandes marchaban con tiempo, cargando con sus familias, sirvientes y bienes. Si conseguían aguantar el asalto, él sería el máximo responsable, aclamado por todos. Pero qué más daba. Serían los dueños de una ciudad sin campos, sin minas. Los esperaba una lenta agonía. Algo le impedía dar la orden. A pesar de haberlo perdido todo, no asumía que su mundo fuera engullido sin más. Decidió, pues, pensarlo otra vez, dejarlo para el día siguiente.
Abajo, detrás de los muros, veía el hormiguero de sus soldados. Hombres que llegaban, hombres levantando tiendas, hombres fortificando las casas próximas a la muralla; órdenes, alboroto, confusión. Entre la masa en movimiento distinguió al capitán Álvaro, que intentaba que aquel jaleo tuviera algún sentido. Bajó al nivel de calle y avanzó entre los soldados hasta el capitán. Se saludaron, cansados. El capitán parecía superado por los acontecimientos. Casi ni lo vio llegar. Sonrió con aire ausente.
—¿Cómo veis a los hombres? —preguntó al capitán.
—Nerviosos. Saben cuántos somos aquí y a lo que nos enfrentamos... Lucharán. En la ciudad quedan los suyos... Lucharán.
—¿Creéis que podremos aguantar? —inquirió el veguer. Sentía la necesidad de escuchar otra voz, otro veredicto.
El capitán movió la cabeza, mirando al suelo.
—No, nada podremos contra estos diablos. —Dejó escapar un suspiro—. A no ser que ataquen con todo, a pecho descubierto. Pero no lo harán. Se han reorganizado. Tienen esas nuevas armas. Esta es una guerra largo tiempo meditada... —afirmó, mientras se rascaba la barba, que crecía abrupta sobre su piel grisácea.
El veguer miró hacia las almenas, casi vacías para evitar el martilleo del fuego enemigo. Giró la cabeza hacia sus ballesteros, formidables a corta distancia. Formaban un semicírculo detrás de la infantería condal que guardaba, algunos pasos atrás, la grieta. Encima de los tejados de las casas y también a lo largo de la calle de los Laneros, esperaban los arqueros la orden de volver a los muros. Los miró. Frente a los arcabuceros murrianos eran casi una reliquia, protegidos con sus cotas de argollas ligadas, sobre el que lucía el escudo condal, una golondrina negra sobre fondo blanco, una golondrina de alas tensas, casi rectas. Aún podrían ser útiles, aún sus arcos y sus cuchillos cortos podrían herir cerca de los muros.


Más atrás de la calle de los Laneros, que moría frente al agujero, y en otras calles, esperaban los restos de los ejércitos de Marca, los que habían conseguido llegar hasta la capital. Hombres y mujeres con todo tipo de armamento. Pesadas mazas romboidales junto a cortantes alabardas, grandes hachas, lanzas y dagas de diferentes largos, corazas y emblemas de muchos señores de frontera. Comparados con los marciales ejércitos murrianos, parecían campesinos armados. Solo podrían servir para el choque, para apuntalar las líneas de los infantes del condado, los mejores soldados. Las falanges eran el muro delante de los ballesteros, una cortina de largas lanzas mirando hacia el cielo, manchado por estandartes de tela dura.
Al menos, aquel era un día bonito. El sol corría sobre el cielo brillante y limpio y comenzaba a caldear la tierra. Por poniente, rompiendo el lienzo azul, avanzaban masas de nubes blancas retorcidas por la pesada musculatura del agua. No había que pensar mucho. Aquel sería el último acto de su paso por el mundo, que ahora le parecía irracional, áspero, injusto. Todo perdido para él, para los grises. Un fogonazo de ira le subió por la garganta al pensar que ninguno de sus dos hijos podría ya recordarlo. Ni su mujer, a la que enterraron hacía ya mucho tiempo. Desaparecido uno, muerto el otro en aquella interminable lucha. El tiempo gasta de un lazo elástico. Aquella guerra parecía haber durado unas pocas lunas. Dio un puntapié. Todo le parecía tan igual.
Había llegado el almuerzo en grandes cacerolas de barro y se repartían pellejos con vino entre la soldadesca. Se oía alguna risa seca. La tropa, lejos del bombardeo, parecía respirar.


2 comentarios:

  1. "Los murrianos, como animados por una señal secreta, cobraron vida de nuevo y se dirigieron hacia él. Era inútil esconderse."

    Vale, ¿sabes qué me sucedió aquí? Lo vi raro e iba a decir algo cuando lo leí, y al momento siguiente lo visualizé... ¡y me encantó! Ese "señal secreta" que en un principio me pareció raro, lo vi luego como algo aterrador, como si los murrianos fueran gólems a la espera de una orden.

    "En la Cúpula Roja del templo de Onar no ardían las llamas sagradas y en el alto minarete de Sira no había luz."

    Otra descripción que me encantó. Como nota personal, ¿has probado a leerlo eliminando el "alto"? En serio, parece una tontería, pero me causó más presencia sin el adjetivo. Es algo personal, ¿eh?

    "El tiempo gasta de un lazo elástico."

    Otra frase que me gustó muchísimo.

    Saludos^^.

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  2. Buenas Sergio, con retaraso. Me leí tus comentarios del tirón, pero ese mismo días me llegó el último mail con las correcciones del libro.
    Lo que por otra parte, una vez aceptadas/modificadas, significa que ya no puedo tocar nada.
    Lo de suprimir "alto", sí, queda mejor. No sé porqué, quizá sea la sencillez.
    El tiempo es una ilusión, y si la comida es buena, más aún.
    Merci.

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