25 ene 2011

El trasgo de Adachigahara

Leyenda y Cuento tradicional Japonés.
Basado en una edición de 1936 que encontré entre un montón de libros olvidados.

En la provincia japonesa de Mutsu había, hace mucho tiempo, una planicie llamada Adachigahara. Decía la gente que habitaba aquel paraje un trasgo antropófago que tomaba la forma de una vieja. De vez en cunado desaparecía algún viajero y ya no se le volvía a ver. Las comadres que se reunían en torno de los braseros por las tardes y las muchachas que limpiaban el arroz en las fuentes por la mañana, contaban espantosas historias de los desaparecidos, atraídos a la cabaña del trasgo y devorados, ya que sólo se alimentaba de carne humana.
Nadie osaba acercarse a la guarida del trasgo después de oscurecer, y aun durante el día procuraban alejarse, siendo advertidos todos los viajeros del peligro que corrían por aquellas temidas cercanías.

Un día, al oscurecer, llegó un sacerdote a la planicie. Era un viajero trasnochador y sus hábitos indicaban a un peregrino budista que iba de santuario en santuario a rezar en busca de la santidad o del perdón de sus pecados. Se había extraviado y, como era ya de noche, no encontró a nadie que pudiera mostrarle el camino o advertirle el peligro de aquellos parajes.

Después de caminar todo el día estaba cansado y hambriento, y la noche de otoño era fría, de modo que tenía prisa por encontrar un albergue donde pasar la noche. Se encontró solo en mitad de la planicie y en vano miraba a todos lados en busca de un techo.
Por fin, después de errar varias horas, distinguió a lo lejos un grupo de árboles y vislumbró entre el follaje un débil rayo de luz. Y exclamó con gozo:
—¡Ah! Sin duda encontraré allí una cabana donde pasar la noche.
Guiándose por la luz, dirigió sus cansados y doloridos pies hacia aquel lugar con toda la rapidez que le fue posible y no tardó en llegar a una mísera cabaña. Al acercarse, vió que estaba en pésimas condiciones, que la empalizada de bambú estaba rota y las hierbas y malezas lo invadían todo. Los biombos de papel que servían de ventanas, estaban agujereados y los maderos de la casa se doblaban de viejos y apenas podían sostener el techo. Se abrió la puerta de aquella choza y salió una vieja a mirar, a la luz de una linterna.
Desde la empalizada la llamó el peregrino diciendo:
—¡O Baa San (mujer anciana) buenas noches! ¡Soy un caminante! Perdóname, pero ando extraviado y no sé qué hacer, pues no tengo dónde descansar esta noche. Te ruego que tengas la bondad de permitirme pasarla bajo tu techo.
La vieja salió de la choza y se acercó al intruso.
—Lo siento por ti. Ha sido un gran contratiempo hallarte extraviado en un lugar tan desierto. Desgraciadamente no puedo darte albergue, pues no tengo cama que ofrecerte y no está la choza en condiciones para recibir a un huésped.
—Eso poco importa —dijo el sacerdote—. No quiero más que un techo bajo el cual pasar la noche y, si me haces el favor de dejarme acostar en el suelo de la cocina, te quedaré muy agradecido. Estoy demasiado cansado para seguir andando y si me rechazas habré de dormir a la intemperie.

A pesar de estas razones, la vieja no estaba bien dispuesta a acceder, mas por fin dijo a regañadientes:
—Bueno, quédate si quieres. No puedo ofrecerte una digna hospitalidad, pero entra y encenderé el fuego, que la noche es fría.
El peregrino se alegró al oír aquello. Se quitó las sandalias y entró en la choza. La vieja cogió unos sarmientos y encendió el fuego, invitando al huésped a calentarse.
—Después de tan largo viaje debes de estar hambriento —dijo la vieja—. Voy a prepararte una cena.
Puso a hervir un poco de arroz y cuando el sacerdote hubo comido, la vieja se sentó a su lado y estuvieron hablando largo rato. El peregrino se consideraba afortunado por haber encontrado una mujer tan buena y hospitalaria. Pronto se consumió la leña, se apagó el fuego y volvió el sacerdote a temblar de frío como cuando entró.
—Veo que tienes frío —observó la vieja—. Voy a salir a coger leña, pues se acabó la que teníamos. Quédate y vigila la casa mientras yo esté fuera.
—¡No —dijo el peregrino—, iré yo a buscar leña, que tú eres vieja y no puedo permitir que vayas a buscarla por mí, en una noche tan fría!
La vieja movió la cabeza diciendo:
—No te muevas de aquí, que por algo eres mi huésped.
Y dicho esto, salió. Al poco rato volvió para decir:
—Has de permanecer sentado sin moverte de ahí, y pase lo que pase, no te acerques ni mires al cuarto del fondo. ¡Mucho cuidado!
—Si dices que no me acerque al cuarto del fondo, no lo haré —prometió el sacerdote, algo intrigado.

Entonces la vieja se marchó definitivamente dejando solo al peregrino. La única luz de la casa era la de una linterna macilenta, porque el fuego se había apagado por completo. Por primera vez en toda la noche, le asaltó la idea de hallarse en una casa encantada y las palabras de la vieja prohibiéndole acercarse al cuarto del fondo, despertaron su curiosidad y le produjeron miedo.
¿Qué ocultaba en aquel cuarto que no quería que se acercarse? El recuerdo de su promesa lo mantuvo algún tiempo inmóvil, pero llegó un momento en que no pudo resistir su tentación de mirar el interior del cuarto prohibido.
Se levantó y se acercó lentamente al cuarto del fondo. De pronto, la idea de que la vieja se enfadaría mucho con él por no obedecerla le hizo volver a su puesto.
Pero como el tiempo transcurría con gran lentitud y la vieja no volvía, se apoderó de él un gran miedo y una irresistible curiosidad por ver qué ocultaba aquel cuarto. Debía descubrirlo.
«No sabrá que he mirado si no se lo digo. Echaré una mirada antes que vuelva», se dijo el hombre.
Se levantó y se acercó de puntillas. Con mano temblorosa empujó la puerta corredera y miró. Se le heló la sangre en las venas al ver aquello. En el cuarto había gran cantidad de huesos humanos. Las paredes estaban llenas de salpicaduras y el suelo cubierto de sangre. En un rincón se amontonaban los cráneos hasta el techo y, en otro, los huesos de los cuatro miembros. El hedor que despedía aquello quitaba el sentido, y horrorizado, muerto de miedo, cayó al suelo por no poder contenerse. En aquella posición permaneció largo rato, temblando y rechinando los dientes, incapaz de alejarse de aquella visión espeluznante.
—¡Qué horrible! —exclamó—. ¡En qué espantosa guarida he caído! ¡Si Buda no viene en mi auxilio estoy perdido! ¿Es posible que esa buena vieja sea realmente el trasgo antropófago? ¡Cuando vuelva se me presentará en su verdadera forma y me comerá de un bocado!

Esta idea le devolvió las fuerzas y, cogiendo el sombrero y la alforja, salió corriendo cuanto sus pies le permitían. Corría en la noche sin mirar dónde ponía los pues, pensando sólo en alejarse del antro del trasgo. No se había alejado mucho, cuando oyó pasos detrás de él y una voz que gritaba:
—¡Detente! ¡Detente!
Corrió redoblando la marcha, sin hacer caso, y a su espalda resonaban los otros pasos cada vez más cerca, hasta que reconoció la voz de la vieja, más recia cuanto más se acercaba:
—¡Detente! ¡Detente! Mal hombre, ¿por qué mirabas el cuarto prohibido?
El sacerdote olvidó del todo que estaba cansado y sus pies batían el suelo más veloces que nunca. El miedo le prestaba fuerzas, pues sabía que si llegaba a caer en poder del trasgo, sería una de sus víctimas. Con toda su alma repitió su oración a Buda:
—Namu Amida Butsu, Namu Amida Butsu.
Y tras él corría la espantosa bruja, con su cabello dado al viento y su rostro convertido en el de un demonio, ya que ella no era otra cosa. Llevaba en la mano un largo cuchillo ensangrentado y seguía rugiendo tras el sacerdote:
—¡Detente! ¡Detente!
Por fin, cuando el sacerdote ya no podía más con sus piernas, se hizo de día y con las tinieblas de la noche desapareció el trasgo y él se vió salvado. El sacerdote comprendió que se había encontrado con el Trago de Adachigahara, cuya historia oyera muchas veces sin creerla. Atribuyó su salvación a la protección de Buda cuyo favor había impetrado, y por tanto, cogió su rosario, inclinándose ante el Sol naciente, rezó sus oraciones en acción de gracias. Luego reanudó el viaje hacia otras comarcas, alejándose con satisfacción de aquella planicie habitada por un genio del mal.

23 ene 2011

Razas de Fantasía. 3

Los Vesclanos
Vida Privada y Creencias

Sin duda, a los vesclanos les gustaría vivir sin más, entre el bosque y el cielo, teniendo como únicos vecinos a los animales salvajes y los espíritus que adoran. Para este pueblo, la llegada de los hombres grises y la progresiva expansión de los territorios sufones, desde el oeste y el noreste, supuso una convulsión social y económica que se alargó durante muchas estaciones, al ver mermado sus recursos y sus tierras.

Los vesclanos son una de las razas más pacíficas e introvertidas de las presentes en las enormes extensiones de tierra de las Colonias, según la denominación de los hombres grises. De hecho, los vesclanos rara vez han iniciado guerra alguna, incluso en el ámbito privado resulta extraño ver un vesclano iniciar una pelea. La violencia se reserva para la defensa, aunque no existe para este pueblo una exclusión expresa de la vía de las armas y, de hecho, si éstos se consideran engañados o timados, no dudan en afilar sus dagas.
Es, quizás, la falta de ambiciones políticas y territoriales lo que resulta más chocante y singular de esta raza, y al mismo tiempo, lo más apreciado por aquellos que les son próximos. Su fidelidad y sentido del orden son proverbiales en el oeste y en el este, y tener un amigo entre ellos significa tener alguien al que poder recurrir, alguien al que acudir aunque el tiempo haya extendido las zarzas del olvido.

En las creencias de este pueblo, “amendhas”, no hay ni dioses ni santos, y menos aún representación física de los mismos. Su culto se basa en una energía rectora, “Boadhais”, que organiza y hace el mundo posible. Son un pueblo animista, que cree que el Más allá es un tránsito que los devuelve al fuego primigenio de la tierra, que adora a las fuerzas del viento y la tempestad, a lo que respira en la profundidad de las cuevas, que ama los árboles, los bosques y los prados, ya que consideran que al morir, se vuelve al Boadhais, en todas sus formas posibles. De todas las expresiones de la naturaleza, es en el fuego donde los vesclanos ven la condensación, el clímax, del Boadhais, ya que consideran que la energía desprendida por las llamas es pura renovación, un tránsito de un estado a otro.

En el ámbito familiar, al contrario que en el ámbito público, los vesclanos son gobernados por sus féminas. Algunos historiadores apuntan a un “matriarcado encubierto”, cuando se refieren a esa sociedad. Es en la intimidad de los salones de sus hogares donde las vesclanas sacan el mal genio por el que son conocidas, mandando en la educación de sus hijos y en las cuentas de la casa. Es tal su poder, que en el proceso de toma de las grandes decisiones de esta raza, se sospecha que muchas son adoptadas desde la alcoba.
Las familias vesclanas acostumbran a ser numerosas, lo que facilita la estructura de clanes, ya que cada hembra puede albergar en su vientre entre diez y doce retoños, aunque muchos mueren durante los tres primeros años de vida por ser los neonatos de muy pequeño tamaño y escasas defensas. En las familias, la abuela es la figura que aglutina al resto de parientes y su defunción es el acto social más notable, por encima de alianzas y matrimonios. Los muertos jamás son enterrados, y se opta por la incineración como último adiós, ya que consideran que la energía de la muerte no desaparece, si no que se transforma.


Los vesclanos son esencialmente monógamos, aunque entre su aristocracia mercantil se toleran casos de poligamia, en la que una hembra de prestigio puede contar con tres y cuatro maridos. Y es que los vesclanos disfrutan de un sexo único, enormemente placentero para sus mujeres, que por suerte de su raza no resultan atractivas para hombres y sufones. En sus prácticas sexuales, de múltiples y breves encuentros, no existe el concepto de intimidad ni asociaciones morales vinculadas, lo que crea una alta exigencia para los machos, que en casos aislados pueden ser repudiados por sus esposas en caso de disfuncionalidad severa.

A diferencia de sufones y murrianos, y al igual que los hombres, los niños viven con sus padres hasta el “andihomius”, el ritual de paso de la niñez a la edad adulta, en el que los jóvenes juran ante el wasileus de su ciudad obediencia al “Libro de los días”, que dicta las leyes y las costumbres de este pueblo. Tras el juramento, los jóvenes han de permanecer tres lunas en las Cuevas de Arrt, bajo las órdenes de instructores en leyes e instructores militares. A partir de ese momento, los jóvenes pueden iniciar su propia singladura, lejos de sus progenitores.

Los vesclanos son una sociedad de comerciantes extremadamente tradicional y rígida. Se reserva a los machos el derecho de comerciar y vivir lejos de sus asentamientos, y son los viajantes y mercenarios el único canal con el mundo exterior, la única posibilidad de renovación de una comunidad muy estructurada. A las hembras se las reserva el espacio doméstico, el deber de la descendencia y parte del trabajo artesanal y recolector, mientras los vesclanos se dedican a la agricultura, la minería, el trabajo de los metales y la guerra, junto con el gobierno. Aunque esta división es, en parte, aparente.

Arquitectura, Estructura Política y Economía

Al igual que su concepción del mundo, los vesclanos construyen sus pueblos y urbes mirando hacia la tierra, buscando el refugio en ella. Siempre que les es posible, esta raza ha construido ciudades en parte visibles, que ocultan su corazón bajo tierra, ya sea aprovechando y ampliando cuevas naturales, fundando núcleos pegados a altos abrigos rocosos o bajo cortes montañosos. La conquista de una ciudad vesclana es un trabajo para titanes pacientes, ya que rebasados sus altos muros sólo se logra arrancar la piel del enemigo.

Su capital, Dahaee, es un ejemplo de ello. Su majestuosa ágora se halla bajo techo, en el interior de la montaña, cerca de la entrada de la cueva de dónde la ciudad nace, iluminada por la concentración de mayor número de velas de todos los territorios y en las tardes despejadas, por la declinante luz del sol. En la profundidad de la montaña vive más de la mitad de su población, en largas galerías excavadas en roca viva donde no llega el calor del día. Bajo la ciudad visible, rodeada de un doble muro y altos torreones, trabajan los artesanos del hierro y los tejedores, se cuecen bloques de arcilla, se cocina y se vive.
Los accesos a cada uno de los niveles de la ciudad están bloqueados por grandes puertas de acero azul y, en caso de asedio, se liberan las palancas de múltiples trampas, que significan un calvario y enormes pérdidas para aquél que ose tomar por la fuerza Dahaee.

La falta de ambición y su carácter pacífico, han hecho de este pueblo el mejor constructor de fortalezas y estructuras militares del universo del Mar de los Anónimos, de modo que la mayoría de los ejércitos consideraría muy seriamente la negociación ante las puertas de sus bastiones.
El gobierno vesclano, o Teslas, está formado por representantes de las doce familias más poderosas, pero a sus cargos o “demos”, se accede por votación. Esta raza es gobernada por un sistema parecido a una república, en el que los cargos son elegidos en las Juntas de Iguales, que tienen poder para devaluar, castigar e incluso condenar a muerte a un mal wasileus, ya sea éste civil o militar.
La moneda más común es el doih, en piezas de bronce y plata, apreciadas como cambio por la pureza de sus metales, que se ha mantenido imperturbable durante generaciones.

Su ejército no pasará a los anales de la historia del Mar de los Anónimos como el mejor de las razas conocidas, ya que evitan la lucha a campo abierto. Las unidades están adscritas a las fortificaciones que defienden, encargadas también del orden de su perímetro exterior, dividiendo el país en castillos y ciudades, que funcionan también como unidades administrativas.
Su armamento no difiere mucho al de los hombres grises, pero sí dan una importancia capital a los artilugios destinados a desbaratar un asedio: grandes catapultas cargadas con piedras y barriles de aceite ardiendo, ballestas de arco infinito con cargadores automáticos, trabucos ciclópeos, carrosbalista que deben ser tirados por cuarenta vesclanos, contraminas inundadas de escorpiones, y un sinfín de trampas invisibles, que se activan cuando una hueste enemiga se acerca o intenta saltar por encima de sus almenas.

Su economía, al igual que las grandes civilizaciones a lado y lado del Mar de los Anónimos, se basa en la agricultura, la manufactura y el comercio, aunque con sus particularidades.
Su agricultura no es exportadora, ya que cultivan productos extraños destinados al propio consumo como son líquenes, setas y lúpulo. Su ganadería no existe, ya que las proteínas de su base alimentaria se obtienen de las grandes granjas de insectos (gusanos y termitas, especialmente), en las afueras de sus ciudades, y en la pesca. Carpas, espricones y salmones son sus platos de fiesta preferidos.
La gran riqueza de los vesclanos, su nombre, se ha relacionado con el metal, ya sea por su extracción o por su trabajo, en las grandes forjas que son el orgullo de este pueblo. Estas forjas son las de mayor renombre del mundo conocido y su metal el más ligero y resistente, aunque los vesclanos adolecen de tecnología, y la entrada de los arcabuces y las nuevas armas de fuego dejarán en jaque a esta industria tradicional. Gran parte de su fama de herreros proviene de la calidad de su material, metales de gran pureza extraídos de sus minas al aire libre, relamiendo en círculos las bolsas de hierro, zinc y cobre de los montes y carcomiendo con paciencia los intestinos de las montañas de los Cerros Negros, al sureste de sus asentamientos, a través de profundos túneles, en cuya delicada construcción son maestros.


15 ene 2011

Razas de Fantasía. 2

Los Murrianos.

No son como los otros, pues basan su mundo, su existencia en otras escalas. Creen que no hay mayor gloria que servir a sus hermanos, madres, amigos. Llegan en oleadas desde el oeste, buscando las líneas blancas y suaves que preceden al Mar de los Anónimos. Son murrianos, a cientos, a miles.
Para un murriano, el sacrificio es voz de dios. Negarlo, la más absoluta de las deshonras.
El murriano dio una vuelta por la estancia, como si nadie hubiera allí, dando tragos. Se dejó caer sobre una de las sillas, apoyando su espalda contra la pared. Sus mechones caían hacia delante, emboscando su mirada. Lanzó el ánfora contra el suelo, rompiéndola con estruendo, y se desabrochó el cinturón, dejando caer la espada.

—¿Habéis oído hablar de nuestro hogar? ¿De nuestra capital? Es el lugar más bello del mundo. ¡No! No es como vuestras ciudades, abigarradas, en las que todo se amontona, sucias y mal ventiladas, donde hasta la piedra de las paredes huele mal. No, es un valle, sí, un valle elevado, cerrado por picos de nieve perpetuas. Un valle ancho, esplendoroso cuando el sol vuela por encima, siempre verde porque en mi país llueve, no como aquí, allí llueve y la hierba crece alta y hermosa, es un lugar en el que, si el día es despegado, parece que hasta las rocas tengan brillo, limpias. En ese gran valle no hay murallas, tan sólo un alcázar. Tres son los pasos de montaña para penetrar en el corazón de mi patria, y en cada paso encontraréis fortalezas que los cierran, castillos construidos para que nadie los pueda tomar, muros que, frente a ellos, cualquier enemigo sentiría un inmenso desasosiego. Jamás nadie ha cruzado los pasos entonando cánticos de guerra. Por ese valle, Dasteo, se distribuyen aquí y allí templos y enjambres en los que vivimos, academias como grandes óvalos de piedra, jardines, plazas de muchos tamaños y formas en las que los músicos tañen laúdes hasta hacer sangrar sus dedos, paseos flanqueados por árboles milenarios,(…)

Antigua Vamurta. Fragmento del Capítulo 21. «Los esclavos».


11 ene 2011

Razas de fantasía. 1

Los Pueblos del Mar
Dice una leyenda de los Pueblos del Mar que Effa, diosa de los abismos marinos, creó al hombre con la loza de una de sus simas más profundas. Lo hizo emerger y lo situó sobre una playa. Desde la costa, el hombre emprendió el camino del interior, llegando al corazón del bosque, a los picos donde la nieve nunca se retira, y a los valles lejanos, en los que la uva crece llena y dulce.

Dice la leyenda que algunos de estos hombres jamás olvidaron las palabras de Effa, y decidieron quedarse en la orilla para poder venerarla, generación tras generación. Estos son los hombres y mujeres de los Pueblos del Mar. Lejos de querer un hogar, una frontera o una empalizada que defender, desean por encima de todo cabalgar con sus piraguas, partiendo en dos los latidos de las olas.
Y es que este Pueblo se desplaza de un punto a otro del Mar de los Anónimos cada cierto tiempo, disgregándose en una diáspora que les asegura su propia supervivencia, al igual que no es posible aplastar las golondrinas que emigran a los rincones dispares y lejanos.

Las primeras referencias de estas gentes se hallan en los Anales del Tecer Ciclo de la Antigua Vamurta, cuando los muros de ciudades y villas aún estaban hechos de bloques de barro cocido y argamasa. Se habla de una rara invasión a considerable distancia del sur de la capital, de todo un pueblo llegado en un sinfín de naves pequeñas, huyendo, posiblemente de algún cataclismo. De esos hechos queda, en el templo de Arismet, un bajorrelieve desgastado por el tiempo, que narra como el Conde De Sibila los rechaza, cerca del Cerros Blancos. Nada más se sabe de ese choque, aunque algunos historiadores apuntan a que parte de los invasores emigraron al interior de las junglas del sur.

Fragmento de La Antigua Vamurta:
“El Conde observó a aquel hombre un rato más. Parecía joven y al tiempo muy viejo. Los brazos y la espalda de un gigante, la expresión de un moribundo. Su piel oscura, sus ojos estirados recordaban a los de un murriano. El hombre llevaba una hilera de pendientes en la oreja derecha y el cabello largo y sucio, atado con una cola. Los otros eran de su clan: la misma piel tostada, facciones parecidas, los colgantes idénticos.
—¿De dónde sois? –inquirió el Conde.
—¿De dónde somos? –hizo el hombre un pausa como si nunca antes se le hubiera ocurrida esa pregunta —. Somos de una tierra que se liga, que se mezcla con la costa, una tierra que juega con las olas, que entra y sale de su madre, la mar... ¿No sabéis quien somos aún, señor? Fuimos un pueblo libre, aunque éramos pocos, antes que los hombres grises nos rompieran y enmudecieran nuestros cantos. Somos algunos de los que quedan del Pueblo del Mar – acabó el hombre, sin esperar respuesta por parte de aquel extraño."